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Las elecciones en Chile han demostrado que la democracia ejercida sin limitaciones es el mejor sistema para administrar pacíficamente un régimen de premios y castigos respecto de los gobiernos y de los candidatos que aspiran a gobernar un país. La Presidenta Bachelete termina su mandato con una popularidad cercana al 80% luego de dos décadas de gobierno de la Concertación de centroizquierda. Sin embargo, la oposición ganó la elección basada en la necesidad de impulsar un cambio en la sociedad chilena. Este resultado, responde a un deseo permanente de la sociedad por relacionar confianza con representatividad. En este contexto, las decisiones electorales van más allá de los gastados esquemas ideológicos. Si bien "izquierda" y "derecha" aparecen en muchos escenarios como categorías definidas, en el caso chileno no se muestran como expresiones dogmáticas excluyentes. El socialismo chileno subsiste y se desarrolla en el marco de un sistema capitalista y la democracia liberal bien entendida y mejor practicada se reconoce como el mejor instrumento para reducir la brecha entre ricos y pobres, sin necesidad de revoluciones sangrientas. Cuando la mayoría está bien representada, el signo o la etiqueta que utilice el gobierno no adquiere mayor significancia.
Chile es la mejor demostración de que la riqueza social no se distribuye coercitivamente, sino que se deriva de una virtuosa combinación entre el crecimiento de la economía basado en la iniciativa privada y la aplicación de políticas públicas a través de un aparato estatal eficiente. En Chile, la riqueza personal de un candidato no es un pecado, más bien habla positivamente de su capacidad de emprendimiento. Plantear opciones de cambio desde la "derecha" es tan natural o válido como impulsarlos desde la "izquierda". El bienestar de los más necesitados es defendido por ambas tendencias sin que la ciudadanía asuma una militante posición clasista. Es más, no se plantean grandes transformaciones estructurales en el marco de esta reconocida "alternancia". La rotación en el poder es una sana expresión democrática que lejos de despertar incertidumbres y riesgos, propios de otras sociedades, da señales de que determinadas políticas van a mantenerse sin perjuicio de los diferentes estilos de gobierno.
Chile tiene particularidades geográficas, culturales, que inciden en forma distinta a las de otros países. Su apertura comercial, iniciada hace varios años, ha sido una constante de su política económica; su estrategia de inserción externa tanto en el ámbito regional como global le ha permitido una importante diversificación de sus exportaciones y de sus mercados de destino, convirtiéndolo en un envidiable modelo de "poligamia" comercial. Con su estabilidad macroeconómica, su balcón al Pacífico, sus múltiples zonas de libre comercio, incluida la vigente con los Estados Unidos, Chile es la demostración de que la prosperidad económica siempre se acompaña de la mano de regímenes abiertos, democráticos y liberales. Ha comprobado además que la riqueza de un país está vinculada a las posesiones materiales de cada habitante y no al tamaño o presencia del Estado en la economía nacional. Y si bien no ha renunciado a éste, su moderna concepción le permite actuar y competir, respetando al consumidor y asumiendo la necesidad de altos niveles de eficiencia. Su principal aporte ha consistido en transmitir que el pensamiento liberal no es un dogma ni corresponde a una concepción económica con límites precisos; y que es fundamentalmente un comportamiento cultural cuyos valores fundamentales son la propiedad privada, un Estado fuerte y modesto, la responsabilidad del individuo en forjar su propio destino y fundamentalmente la competencia en una economía de mercado. En otras palabras, la "izquierda" chilena no ha participado ni comparte esa folclórica versión del socialismo del siglo XXI que en otros países del continente comienza a desflecarse de la mano de la demagogia, el autoritarismo y la verborragia. Con prudencia y firmeza la transición chilena no se expone a saltos al vacío y responde a una visión estratégica que sin perjuicio de sus definiciones conceptuales, puede asumir pacíficamente los cambios de gobierno.
La región comienza a emitir señales parecidas. Particularmente en el Brasil, donde una posibilidad es que se repita la situación chilena haciendo coexistir la alta popularidad de un gobernante, con la elección del candidato de la oposición. En ambos casos, la racionalidad es más fuerte que los populismos iluminados. Por eso, la victoria de Sebastián Piñera no es un hecho aislado o fortuito en un país anarquizado o impredecible. Es una buena señal que demuestra que la democracia goza de buena salud en Chile y que la soberbia y la intolerancia no tienen lugar en aquellas sociedades donde la libertad se ejerce con responsabilidad y con respeto. No debe entenderse como el triunfo de un modelo sobre otro, sino como la reafirmación de valores que exigen de los actores políticos despertar confianza en la ciudadanía para ejercer legítimamente la representatividad.
La democracia chilena nos ha dado una muy buena lección, y el Uruguay tiene mucho que aprender de esta experiencia, ya que la madurez de la sociedad chilena supera las divisiones ideológicas ortodoxas al tiempo que canaliza sus cambios a través de una institucionalidad republicana que garantiza la representatividad y la alternancia en el poder. Para los chilenos y para la mayoría de los uruguayos, la democracia no es una estructura burguesa con la que hay que vivir a desgano, sino la mejor forma de asegurar la vigencia de todos los derechos humanos de la ciudadanía.
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