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El gobierno electo ha identificado cuatro áreas para dialogar con la oposición: Educación, Seguridad, Medio Ambiente y Energía. El planteo así realizado parece desvincularse de un proyecto de modernización del país. En sustitución de esta metodología parcial e insuficiente creemos que debe abordarse un planteo conceptual, modernizador, que enfrente los problemas de todos los días y tenga al ciudadano común como un objetivo a contemplar en forma permanente.
Tenemos varios problemas de relacionamiento. El primero, es entre productor y consumidor, en particular, en lo que hace al Sector público y a algunas Empresas que al funcionar en régimen monopólico ejercen un oscurantismo sobre los costos de sus servicios y su relación con sus precios y tarifas. Una reforma del Estado no puede verse desde una óptica ideologizada, menos aún desde una visión que siga pensando en un Estado planificador y actor primordial en la economía del país.
El ciudadano de a pie es un sufrido consumidor que ignora por qué paga lo que paga y no tiene el respaldo de ninguna organización que lo defienda. Los criterios de transparencia y eficiencia del sector público deberían imponerse como inicio de cualquier reforma. Una Administración por Objetivos es necesaria, no desde el punto de vista teórico, sino desde una voluntad política firme que asegure una gestión de alta profesionalidad.
En segundo lugar, es necesario modernizar la relación capital - trabajo, dejando de lado el modelo tradicional sindical de lucha de clases y una miope visión empresarial que tantas veces impulsa justas reivindicaciones de los trabajadores.
Las empresas trasnacionales que hoy ocupan la mayoría de las cadenas productivas tienen una larga experiencia en la administración de conflictos, pero el micro y pequeño emprendedor tiene que fortalecer su capacidad de relación con sus empleados, partiendo de la base de que la fragilidad de su emprendimiento no puede agravarse por la sensación de que duerme con el enemigo. La productividad tiene que estar en el centro del desafío empresarial y sólo a través de ella se encontrarán mejores niveles de rentabilidad y de salarios.
Una tercera visión moderna tiene que ver con la relación entre fisco y contribuyente. Actualmente la presión tributaria es casi insostenible y si bien todos coinciden en la necesidad de reducirla, la informalidad y la evasión responden la mayoría de las veces a un instinto primario de sobrevivir; sobre todo cuando los costos de la Previsión Social terminan siendo un desestímulo a la contratación de mano de obra.
La disposición a mantener un diálogo real, sustantivo y moderno, debe reiterarse. Pero si la invitación a dialogar no incluye algunos elementos esenciales al proyecto de país, como lo son el criterio con que se va a manejar la economía y el modelo de inserción externa, no sentimos que se busquen coincidencias esenciales sobre algunas políticas de Estado.
¿Qué validez tiene un diálogo sobre nuestro futuro si no se habla acerca de cómo el país se insertará a la región y al mundo, única vía para asegurar su viabilidad? El modelo de inserción externa constituye el marco en el que deben analizarse todos los demás temas y en especial, los relativos a Educación, Medio Ambiente, Seguridad y Energía, que pareciera que son los únicos cuatro acerca de los cuales la nueva Administración quiere escuchar opiniones.
El país no puede ser analizado en compartimentos estancos. Menos aún, cuando en esta globalización, nuestra vulnerabilidad y asimetría se pone de manifiesto todos los días. El diálogo político no puede reducirse a discutir temas aislados sino que debe encararse como un esfuerzo conceptual que vincule a todos los temas entre sí.
Que el gobierno electo haya dividido las parcelas de poder que le corresponden a cada sector de su fuerza política no es una buena señal; sobre todo, cuando en materia de Política Comercial, por mencionar un área, su definición y ejecución arriesgan repetir la experiencia de la actual Administración, que se vio afectada por una confrontación entre dos modos de interpretarla y de llevarla a cabo.
¿Cómo conciliar la Cancillería del MPP con la línea económica que impulsará el Frente Líber Seregni desde el Ministerio de Economía? ¿La política comercial doméstica y externa, puede estar en manos de quienes tienen dos visiones distintas de país? Las políticas sectoriales, ¿van a ser contempladas como sostienen algunos, o serán parte de una matriz económica ortodoxa? ¿Quién es el que decide si las reservas del Banco Central son aplicadas o no a la realización de obras públicas ? ¿No nos enfrentaremos otra vez a la disyuntiva entre el tren que pasa una sola vez y el que nos puede estrellar a todos ?
Lamentablemente, no ha sido un buen comienzo. Si queremos empezar a recorrer el diálogo político con modernidad, no podemos resignarnos a cumplir con una agenda de compromiso cuyo desenlace natural terminará siendo un esfuerzo aritmético por distribuir posiciones, primero al interior del propio Frente Amplio, y luego entre el oficialismo y la oposición. Tenemos que eliminar la idea de que el diálogo con el gobierno nos puede llevar al reparto de cargos, porque éste sigue siendo el más devaluado de los instrumentos de negociación. La verdadera relación debe basarse en otros parámetros y centrarse en intercambiar ideas que fortalezcan la estabilidad de nuestra economía, una política de inserción externa y un moderno esquema de relacionamiento entre los distintos actores sociales.
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